La última vez que publiqué una entrada en este blog fue el 19 de marzo de 2018. La escribí en Dakar y la utilicé para cerrar el período de investigación que había iniciado en enero. En aquella ocasión, “Alida y el reino de Uluf” ya se había publicado, aunque a mí me faltaban todavía unos días para poder sostener el libro con mis propias manos. En los meses siguientes hice unas cuantas presentaciones y algunas entrevistas en las que insinué por dónde iban a ir los tiros de mis próximas novelas, pero fui bastante impreciso. Hoy quiero dar más información sobre todo lo que he estado haciendo en los últimos meses, aunque me temo que no podré ser muy concreto en cuanto a detalles.

Si estáis aquí para conocer los proyectos que tengo en marcha pero no os interesan los pormenores de los mismos, podéis encontrar un resumen en PROYECTOS. Para los demás, ahí van mil trescientas palabras:

2017

Al acabar Alida empecé a escribir otra historia a la que apodé Proyecto Imaginación. Desarrollé la trama, me flipé creando un sistema de magia y elegí dos escenarios muy distintos en los que situar a los personajes: uno en Europa y otro en África, en la actualidad. Seguía un patrón parecido al de Alida: dos protagonistas que se repartían los capítulos, cada uno de ellos con su propio punto de vista. La historia me gustaba porque apelaba a mi niñez. Una parte significativa de la trama bebía directamente de historias que yo había imaginado cuando era pequeño. Empecé a escribirla y llegué a terminar diversos capítulos. Pero ese mismo curso empecé el doctorado y tuve que hacer un par de estancias de investigación en Francia que me cortaron el ritmo de escritura. Me centré tanto en la tesis que el Proyecto Imaginación quedó relegado a un segundo plano. Al final, acabé abandonándolo. Quizás no era su momento. Tal vez algún día retome la historia. De momento, seguirá hibernando.

Tras eso pasé una sequía creativa entre primavera y verano de 2017. En julio, cuando estaba de vacaciones con mi hermano en Casamance (Senegal), la inspiración volvió a secuestrarme. Un día de tormenta, con un chaparrón bíblico cayendo sobre Oussouye, escribí en mi libreta una escena sangrienta y brutal que encendió la chispa de mi imaginación.

En los meses siguientes elaboré una trama y decidí escribir lo que entonces bauticé como Proyecto Wenday. Era una historia juvenil muy diferente a Alida. Para que os hagáis una idea: su tono se acercaba más al Mar Quebrado de Abercrombie que a Percy Jackson. Me lo tomé como un reto y decidí dejar la narración en primera persona para probar un narrador en tercera persona. Y no solo eso: la historia me pedía múltiples puntos de vista, así que la concebí como una novela río (tipo “Canción de hielo y fuego”) en la que cada capítulo correspondía a uno de los cinco protagonistas. Además, añadí un recurso que nunca había utilizado: flashbacks.

El proceso de escritura fue bastante caótico. Tenía una trama más o menos perfilada, unos personajes que me parecían interesantes, y una estructura narrativa complicada. Al final resultó que la trama no estaba tan bien perfilada, los personajes tenían lagunas, y la estructura era un torbellino que lo destrozó todo a su paso. Aun así, avancé con la escritura. Prefería escribir y que el resultado fuese pobre (en cantidad y calidad), a no escribir nada. He comprobado que soy un escritor que funciona por inercia. Si corto el ritmo, pierdo el hilo. Si pospongo la escritura, me arriesgo a terminar abandonándola. Sobre todo en proyectos que me seducen pero en los que algo no acaba de encajar.

Y me fui otra vez a Dakar, durante algo más de un mes. Intenté escribir en Senegal pero, si soy sincero, el resultado fue lamentable.

Unos días después de mi vuelta a casa, a finales de diciembre, recibí la llamada de Edelvives. ¡Iba a publicar mi novela! ¡Iba a cumplir uno de mis sueños!

El segundo o tercer borrador del Proyecto Wenday

2018

Fue un chute de ilusión, motivación y amor propio. Uno de mis peores enemigos como doctorando y como escritor es el síndrome del impostor. Esa vocecita que te susurra que no eres lo suficientemente bueno, que no mereces lo que tienes, que un día todos se darán cuenta y te señalaran como un fraude. Al recibir el interés de una editorial me sentí valorado y pensé: “joder, quizás esto no se me da mal del todo”. 

El caso es que cuando terminé la edición de Alida me reenganché a Wenday… hasta que volví a irme a Senegal. Esta vez fueron dos meses de trabajo de campo. Escribí, pero muy poco. Al volver, entré en la vorágine de presentaciones y nervios. El síndrome del impostor volvió a atacarme. ¿Qué diría la gente de mi novela? ¿Y si no le gustaba a nadie? ¿Y si las reseñas eran negativas? Creo que nunca me he sentido tan vulnerable. Era como subir al cadalso sin saber cuando caería la guillotina. Por suerte, la cosa fue bien y, con algo de esfuerzo, pude darle un empujón a las inseguridades y retomar el Proyecto Wenday.

En los meses siguientes logré acabar la historia a trompicones, con un sabor agridulce en la boca. Guardé el manuscrito en el cajón y decidí iniciar otro proyecto.

Se trataba del Proyecto Bala, del que escribí un bosquejo de la trama y empecé a documentarme. Todo iba sobre ruedas hasta que un día, en mitad de una clase en el mes de junio, me vino una idea a la mente. Fingí que tomaba apuntes cuando en realidad estaba escribiendo la idea para no olvidarme de ningún detalle. Pasé una semana dándole vueltas a la trama y los personajes hasta que todo encajó. Así nació el Proyecto 4C, una aventura juvenil ambientada en un país de África, con un solo protagonista y con una narración en primera persona y en presente.

La escritura fluyó más que con mis proyectos anteriores y en los tres meses que duró el verano tuve un nuevo manuscrito entre las manos del que me sentía muy orgulloso.

Lo dejé reposar y empecé a revisar el Proyecto Wenday: reescribí muchas escenas, cambié aspectos de la trama e incluso modifiqué algunos personajes cuyas motivaciones no funcionaban de forma natural. Desde entonces lo he revisado unas tres veces, pero sigo sin saber si algún día estará listo para salir a la luz.

El Proyecto 4C, en cambio, sí que está listo para mostrarse al mundo.

2019

Estos son algunos de los libros que estoy utilizando en la documentación del Proyecto R

Sigo revisando el Proyecto Wenday de vez en cuando, dándole vueltas y puliéndolo. Pero no quiero estancarme, así que en enero emprendí otro proyecto: el Proyecto R. Esta vez se trata de una novela histórica de aventuras, ambientada en un período oscuro de la historia africana. Lo único que puedo decir al respecto es que estoy probando una estructura narrativa nueva para mí, aunque mucho más ordenada que la del Proyecto Wenday.

Hasta este momento, nunca había tenido que documentarme sobre un período histórico para mis novelas: Alida ocurría en un país ficticio de África occidental, el Proyecto Wenday en un momento/mundo indeterminado, y el Proyecto 4C en un escenario de actualidad. Soy historiador y trabajo cada día leyendo fuentes de archivo, artículos y libros académicos. Tener que hacer eso también para preparar una novela me crea un conflicto: ¿tengo ganas de seguir investigando cuando llego a casa después de trabajar? No demasiadas, la verdad. Iba a hacer todo el trabajo de documentación antes de empezar a escribir, pero sentí que si lo hacía de esa manera llegaría un momento en el que yo mismo acabaría harto y me aburriría. Así que opté por coger otro camino: me documenté un poco y adquirí una base suficiente sobre el período histórico para poder desarrollar la trama. Luego empecé a escribir, anotando en cada capítulo los elementos de ambientación o contexto que necesitaré investigar más en profundidad para que la novela sea plausible desde el punto de vista histórico. Es un método que, de momento, me está funcionando bastante bien. Llevo casi 40.000 palabras escritas y estoy en el ecuador del manuscrito. Espero acabarlo en algún momento del primer semestre de 2020.

Cosas aburridas

Me cuesta mucho combinar mi trabajo como investigador/profesor universitario con la escritura. Parece una tontería, pero mi mente trabaja cada día al límite de su capacidad y acaba agotándose. Ahora mismo estoy preparando conferencias, seminarios, artículos científicos y espero empezar la escritura de la tesis en septiembre. Esto significa que mis proyectos literarios quizás tendrán que pausarse o ralentizarse. Yo espero ir avanzando poco a poco, pero nunca se sabe. Lo que tengo claro es que, pase lo que pase, no puedo dejar de escribir.

Como diría Steve Rogers, whatever it takes: cueste lo que cueste.

%d bloggers like this: